Creo que tío Luis aprendió a manejar de viejo.
Entonces se le quedaron algunos resabios.
Al llegar las vacaciones era una alegría inmensa la que me acompañaba siempre.
Sin lugar a dudas era el inicio de un descanso merecido, pero al mismo tiempo era recibir una serie de encomiendas de las cuales disfrutaba.
Los paseos a las fincas de los tíos, a las de papá, eran frecuentes.
Una semana entera nos ibamos a temperar a la finca Riolato. Una finca enclavada en la montaña, donde desde la habitación podía hacer la inspección total a un paisaje de tierra fría. Las nubes semejaban copos de algodón y la neblina empañaba buena parte de la ventana.
Los mayordomos de la finca Gloria y Juanito eras personas amables.
Cada vez que salíamos las normas de educación y buenos modales era obligatorio emplearlas.
Así que nos fuimos familiarizando con todas las personas de la región.
Tendría más o menos ocho años. Vestía a la moda y la mejor marca.
Paulina, la mamá de Carlitos primo de papá, vivía en Campobello. No puedo describir cuanta felicidad ella nos dió y cuanto amor y admiración le profesó a mi madre.
Paulina horneaba, entonces era común verla con una sábana blanca, perdida en el paisaje, agitándola, como a manera de aviso que su horno de barro ya casi tenía lista la merienda.
Juanito, nos traía los caballos y a galope felices ibamos mi hermano y yo a la casa de los Aparicio.
Pau, era pequeña, delgada, vivaracha, conversadora agradable, atenta, siempre nos daba lo mejor. Esas mantecadas de ella tenían el sabor inconfundible de la harina y la manteca, mezclado con el amor y la dedicación. Qué difícil de lograr esa mezcla. En ella era permanente.
Las madrugadas eras bellas, venía la hora del ordeño, la recogida de la leche, los hombres y mujeres que participaban en la labor estaban bien abrigados con unas ruanas enormes, las temperaturas eran bajas. Siempre papá me compraba en la botica del pueblo "manteca de cacao", mis labios se reventaban con el frío.
Sobre las siete de la mañana era el desayuno y nos quedaba el resto del día, el largo día, pareciera que siendo niño el tiempo no corre, para visitar, recorrer, jugar, ingeniar, pero también para sembrar, leer y repasar. Cada día mi madre nos colocaba de tarea apreder del diccionario conco palabras nuevas, con sus significados con sus antónimos, con sus sinónimos.
Una vez oí al tío hablarle de cuando era niño y él le exigía eso. Así que pude entender que era heredado del tío la costumbre.
Pienso que esa influencia fue lo que me hizo ser la mejor en español. Ser la líder de la clase. Era la que mejor redactaba, la que mejor escribía, la que mejor hacía.
Cuando ya se acercaba el ocho de diciembre papá nos regresaba a Santuario.
Miemtras los vecinos corrían a traer el "chamizo" para forrarlo en algodón y hacer el árbol de navidad, mamá sacaba de su caja el árbol americano plateado, que había comprado donde don Luis Ribero Silva. Un patriarca del pueblo, hombre adinerado que tenía en su almacén la mejor mercancía importada. Nuestras cosas casi todas eran del almacén de él. Mi ropa era del almacén Patricia de las Carreño y mis regalitos de semana del almacén Mil Novedades, de doña Rosita, las joyas me las compraban donde Marina de Agón.
Las bolas del árbol eran multicolores, la casa empezaba a arreglarse para la Navidad.
Cada columna, cada puerta, cada ventana llevaba campanas, renos, papá noel, trineos. Todos americanos.
El 8 de diciembre nuestra casa estaba lista. Mis vecinas acudían a mi invitación para verla y admirarla.
La tía Delia hacía el pesebre. Con ayuda de un espejo y papel plateado semejaba agua, intercalaba plantas reales que junto con la lama que se compraba en el mercado, daban la apariencia del campo que se pretendía dar. Lo mejor de todo era que cada uno de nosotros participaba en la decoración de la casa. Pero la dirección y el gusto lo colocaba la tía Martha.
Una mujer bella que desde pequeña dió muestras de su finura y de la destreza en las manos con los que Dios la dotó.
El ocho de diciembre teníamos dispuesta sobre nuestra cama, el primer estreno. De todo a todo -como decía mi madre-, y por supuesto no era ropa casual ya que con ella ibamos a la Santa Misa.
Luego se llegaba al almuerzo preparado ese día con mejor disposición. Sobre la mesa encontrábamos tamales, esos deliciosos embutidos en hoja de plátano con ese sabor indescriptible. Los tamales eras hechos en casa. Era todo un proceso su elaboración. Desde la escogencia de las hojas hasta la sazón total eran lideradas por tía Dalia. Había también colaciones, pan recién horneado, chocolate, pollo, en fin toda una delicia.
En la tarde sobre las cuatro de la tarde llegaba la visita del tío Isaías, hombre rico y poderoso quien con su camioneta blanca, iba a recogernos para llevarnos a cualquiera de sus fincas.
En esos momentos ya era otro el atuendo que teníamos y nuevo por supuesto.
Mi madre, mi linda madre, que dedicación, que cuidados, que ejemplo. No perdía detalle nuestro, no había día que no recibiéramos un abrazo de ella, no había hora que no nos dijera cuanto nos amaba.
Las tías no iban al paseo. Siempre preferían quedarse en casa, recogidas en la oración. Era el momento del descanso donde la familia compartía y ellas prudentemente tomaban distancia. Siempre se les insitía, creo que solo un par de veces fueron.... es que ellas rechazaban el licor y bueno.... ese día había licor y mucho licor.
Antes de la salida a la finca, habían las recomendaciones de papá. Nos inculcaba el respeto y los buenos modales dentro y fuera de la casa.
Sonaría absurdo, ¿papá hablando de buenos modales cuando él era tan brusco? Pues sí él lo hacía. Y cada vez que tenía una "metida de pata" se convertía en el alumno más grande. Las tiítas y mi mamita le hacían la observación. Él aceptaba y lo mejor de todo: aprendía.
Yo disfrutaba mucho la ida a las fincas. Mis primos y yo nos hacíamos cómplices en este paseo. También compartíamos con Rosa, Nelly, Gloria, las hijas del mayordomo de Cuchicute, quienes corrían detrás de la caminoneta cuando pasabamos el primer portón.
El tío llevaba dulces. Nuestra llegada era esperada con total alegría.
A veces se nos permitía cuando la salida era más temprano bañarnos en la quebrada.
Era un disfrute total. La competencia por aprender a nadar, montar a caballo, y ser el mejor jugando también se veía ahí.
Nuestra familia crecía. Aparte de los tíos y de sus hijos, estaban las hermanas de él, sus esposos y todos en camaradería disfrutábamos la tarde de los domingos o los ocho de diciembre y festivos.
Había tantas fincas para ir. No sé cual era el indicador para escoger a cual se iba, la decisión la tomaba el dueño, en este caso tío Isaías.
Mamá aprovechaba los paseos para hablarnos cosas hermosas a mi hermano y a mí. Usaba metáforas bellas.
"Qué paisaje tan bello, observen la grandeza de Dios en todo lo que ha hecho"
"Cuanta cantidad de vacas, parecen sábanas extendidas"
"Miren el agua, los pajaritos toman y levantan su pico como dando gracias a Dios"
"El agua es cristalina así debe ser la vida, transparente"
"Los animales sienten por favor tratémoslos con amor"
Ella era el centro de las cosas. Todos conversaban de manera agradable, la charla de mi madre era encantadora.
El regreso era como a las diez de la noche. Había licor.
Tío Isaías declamaba cuando estaba con sus tragos. Papá se desencajaba, se le brotaba la vena de la frente al lado derecho. Nunca ví una pelea. Pero si ví licor, mares de licor, todos vimos licor y vimos mucho licor.