María se divorció hace algo más de siete meses.
Luego de dos fuertes golpizas que le propinó su esposo (quien a hoy no acepta que lo hizo) decidió dejarlo salir de su casa, y por primera vez, durante el tiempo que duró esa relación enfermiza, no seguirlo a implorarle que cambiara y que regresara a su casa.
María, la pobre María supo desde que la puerta se cerró, que Andrés jamás volvería a entrar a su hogar, a su vida, a sus cosas.
Andrés demostró lo de siempre: eran pocas las personas para referirles la situación de maltrato que según él, vivía con María.
Su monótona charla giraba alrededor de todo lo que tuvo que haber aguantado, sus temores, sus angustias y obviamente sus lágrimas..... esas lágrimas que enternecían al auditorio.
El tiempo fue pasando. Las fechas importantes del ayer se fueron cumpliendo y cada uno las vivió por su lado.
En la mente de Andrés fueron creciendo los amantes de María. En la vida de María se fue acentuando la soledad.
Las pocas veces que coincidía con su ex, solo era para oir reclamos, insultos y nombres de mil y uno de los hombres que por cualquier circunstancia compartían con ella.
El vocabulario soez de Andrés arremetía contra su pequeño hijo también, a quien no dejaba de tildarlo con los epítetos que solo un demonio puede concebir.
María se cansó. Su nombre no era sinónimo de sumisión por un segundo más.
Una sola palabra que dañara su imagen y la de su familia sería dada a conocer a las autoridades. NO CALLARÍA MÁS.
Maldito aquel canalla que abusa de su poder para atentar contra la mujer que en algún tiempo le brindó su vientre para albergar el fruto de un amor, que hoy ese malnacido desconoce.
ÁNIMO MARÍA... TE APOYO.
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