Nunca ha existido un tratado correcto donde se enseñe a descubrir un amigo verdadero.
No sé si sería interesante escribir sobre el tema.
No obstante, lo verdaderamente cierto es que tener amigos es un arte.
Arte de callar, arte de tolerar, arte de hablar solo lo adecuado, arte de fingir, arte de mentir, o mejor arte de hablar verdades a medias.
Hace poco supe de Alicia. Mujer ejecutiva, brillante, sincera, próspera, que se adentró al sugestivo medio de las comuniaciones y a través del contacto de su teléfono celular, creyó tener un amigo.
AMIGO, con el que aparte de tener la comunicación elemental de la cotidianidad, se fué convirtiendo poco a poco en esa compañía anhelada por ella.
AMIGO, que con el paso de los días, fue a través de ese medio consolidándose como un ser especial.
AMIGO, al que no se le colocaron límites ni se recibieron límites.
AMIGO, que ante un consejo pequeño de etiqueta, rompió el cariño y dejó a Alicia nuevamente sumida en su soledad.
Pero ahora con una tristeza tal vez pasajera, pero con ganas de no acudir nuevamente a recibir a través de la frialdad de las comuniaciones el mal entendido calor de una amistad.
Alicia empieza otra vez en el país de las maravillas.
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