jueves 8 de septiembre de 2011

UN 8 DE SEPTIEMBRE

Empezaba tímidamente la primavera en Buenos Aires.

El día lunes 7 de septiembre, haciendo alarde de valentía y en total desespero ingresé al Acnur con mi hijo Juan Felipe, y en un franco desafío me declaré en huelga de hambre. Era mi forma de protestar por la falta de oportunidades que vivíamos cientos de familias de inmigrantes, que no encontrábamos una forma digna de subsistir en las heladas tierras del sur.

El día transcurrió bastante ajetreado. Ya entrando la noche y luego de cumplido mi objetivo con Kristian Koch, me retiré a mi departamentito en la Recoleta.

Lo que hice no fué solamente en afán protagónico. Al fin y al cabo los medios de subsistencia de mi hogar estaban cubiertos, vendiendo orgullosa por las calles bonaerenses el aroma del mejor producto colombiano: el café.

Atrás había dejado mi empergaminada vida, y no me preocupaban mis estudios, ni me sentía denigrada por la labor. Claro que a veces el sabor de la amargura, pienso que es normal, se dejaba sentir en mis labios. Donal, pacientemente se especializó en hacer el mejor café. Qué exigentes eran los argentinos para saborear y reconocer la exquisitez.

Qué alegría cuando luego de pasada la tarde, nos sentábamos en casa a contar los pesos argentinos que nos garantizaban una vida normal en la difícil Buenos Aires.

El laburo lo combinaba Donal con el de restaurador en la monísima Iglesia de los Agustinos, ubicada en las Heras con Agüero.

El ocho de septiembre, como de costumbre, me levanté muy temprano. Encendí la computadora, presentía algo. Mis manos no sé si temblaban por el frío o miedo tal vez. Había un mensaje, duro fuerte, se me notificaba de una noticia terrible y de un accidente de Saavedra. Me dejaban un número de celular que procedí a marcar de manera inmediata. La noticia ha sido la más dura de mi vida: Juan Carlos había muerto.

La lejanía, el dolor de lo vivido, el recuerdo de la infancia, el ver a nuestra madre perdida en su enfermedad, fué más fuerte que mi propia templanza y terminé doblegada y ahogada en el llanto más profundo que pueda recordar.

Hoy, dos años después, vivo paso a paso su ida. Pido a Dios por su Alma, y sigo en la lucha diaria con mi mamacita.

Hoy Donal tampoco está. Buscando mejores sueños partió.

SAAVEDRA, paz en tu tumba. DONAL, mirá vos, nunca pensé que podías vivir sin mí, y lo has logrado.

1 comentarios:

alfredo pinzon dijo...

lolita, lolita, mi eterno, mas grande e infinito amor, ese fue su error, lo unico que debio hacer siempre FUE PENSAR EN VIVIR CONMIGO solo eso.