La época más feliz de mi infancia eran las navidades.
Era el tiempo perfecto para vivir la complicidad más grande con la familia.
Eran los días donde lo imaginario se convertía en realidad.
A mediados de noviembre ya salíamos del cole.
Empezaban las vacaciones y nos pedía mi madre que hicieramos un cronograma de actividades.
Nunca se nos permitió levantarnos más tarde de las siete de la mañana. Ver la salida del sol era inevitable. Nunca se llegaban las siete, mucho antes de esa hora estábamos en pie.
-Es urgente que estén listos- decía papá.
Frases como "del día la mañana, y de la semana el lunes", se fueron quedando grabadas en mi mente, pienso que en la de mi hermano también.
Juan Carlos era obeso, pero su carita era linda. Los ojos grandes, negros, su cabello lacio lo hacía gracioso. Siempre vestíamos muy bien. Nuestras ropas eran bien cuidadas, el usaba pantalón corto, camisa blanca manga larga y corbatín, los domingos cuando de la mano de mis papás íbamos a misa. Nuestra presentación personal era perfecta, las uñas, los dientes, las orejas, los zapatos, todo absolutamente todo era impecable. Era muy inquieto. En el colegio era el mejor estudiante, pero su disciplina siempre supeditaba la entrega de la excelencia.
Yo, era menuda, cabello largo bello, de un negro intenso, entre mis tiítas, mi mamita y las empleadas se turnaban para peinarme la larga cabellera. Era linda. No sé si quede mal decirlo, pero era una nena linda, tierna, dulce, y sobre todo, era inmensamente feliz.
A mi belleza física le debo adicionar mi responsabilidad. Siempre fui la mejor de la clase. Siempre era el orgullo de mis papás.
Cuando llegaba la entrega de calificaciones era un día solo de felicitaciones. Mis papás orgullosos se iban tomados de la mano al colegio. Yo me quedaba en casa feliz esperando que llegaran.
Los docentes y las hermanas del colegio se deshacían en felicitaciones hacia mí. Eso los hacía a ellos felices, orgullosos, siempre, siempre fue así.
En mi casa tenía todo lo necesario para ser la mejor estudiante.
Además desde que tengo uso de razón me familiarizaron con la palabra "líder".
No sé como decirlo, pero no había día en que mi mamita no nos leyera a la hora del desayuno alguna frase del libro "Camino", y no había segundo en que nos estuviera recordando el compromiso y la excelencia.
No era una perorata. No. Era una forma de vida. En su debido momento lo mismo hizo con ella el tío Luis. Ese viejo médico español que llegó a Santuario mi ciudad a casarse con mi tía abuela Sara. Ese hombre moldeó a mi mamita y ella a nosotros.
Los tíos vivían cerca de la casa. Todos los días el tío con su bastón llegaba a visitar las "viejitas" a mis tías, quienes lo atendían con un cariño inmenso.
Me cuentan que el tío fue síndico del hospital de Santuario. Que en su vida útil, el salario que recibía lo donaba al orfanato, la vejez lo sorprendió estando muy bien económicamente y su deseo de compartir siempre fue su premisa de vida. Era dueño de haciendas cafeteras, en ratos de ocio se internaba en su taller de carpintería, donde todas y cada una de sus herramientas estaban colocadas en un orden absoluto. En él no había cabida a la mediocridad, todo lo que no fuera perfecto no tenía razón de ser.
Su disciplina era grande, sus deseos de que mi mamita lo fuera también. Aparte de ser tío-abuelo era el padrino de matrimonio de mis papás.
Eramos sus "nietos", siempre fui la "niña" para él y para todos. Mi hermano era el "niño".
Sobre las cinco y treinta de la tarde, cuando mamá salía de su trabajo del Tribunal, era paso obligatorio entrar a la casa de los tíos.
Ellos a esa hora ya habían cenado y estaban en reposo. Por tanto la tertulia era tranquila.
Tío Luis aprovechaba cada momento para sentar cátedra.
-Negra- le decía a mamá- los hijos son como las cometas, se les da libertad supervisada, y se les recoge la pita, cuando se ve que se están elevando mucho.
Negra - tus hijos deben ser como el barro, moldéalos a vuestro gusto.
Otra frase célebre del tío, era: El ejemplo es el que educa.
Cuanta razón tenía.
Cuanta sabiduría en una sola cabeza.
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