Quines asistieron a la marcha de solidaridad el 20 de julio y, se ubicaron en la calle 72 con séptima, fueron recibidos por la perorata: UNO, DOS, TRES URIBE OTRA VEZ.
En la pasada marcha del cuatro de febrero, tuve la oportunidad de ubicarme en ese sitio, pues para la época era vecina del sector.
Describir a las señoras acompañantes ese día es sencillamente fascinante. A mi alrededor había algo así como veinte mujeres, que empinaban una bandera del exclusivo club El Nogal. Sus atuendos, por demás hermosos, dejaban ver la marca de los pantalones, las camisas, las gafas, los zapatos. Sus caras reflejaban la asiduidad y admiración hacia el botox y el bisturí. Sus cuerpos daban cuenta del "rejuvenicimiento" hecho por Ernesto Andrade o Hernán Amarís.
La tersura de su piel reflejaba el uso de cremas de alta calidad y las visitas frecuentes con el láser.
Sus acompañantes estaban también "altamente" ataviados.
La jornada, de esa fecha transcurrió normal, hasta cuando se tuvo la visita por demás emotiva del ex canciller Araújo, víctima del secuestro.
Las lágrimas también rodaron cuando arribó Clara Rojas, recién liberada.
No ví carteristas. Estaban ocupados marchando también.
Ví estudiantes de la Javeriana, Andes, o Externado, que son fácilmente reconocibles por su ropa, peinado, y también el tono de la voz que utilizan cuando hablan.
La calle 72, es una zona bogotana de las más privilegiadas; allí se encuentra el Gimnasio Moderno, colegio rancio de la sociedad rola, y a solo una cuadra de allí está, la Universidad Pedagógica, la que forma los docentes del país, la que arremete con piedras una, dos o tres veces por semana, contra los desprevenidos transeúntes y los vidrios de las oficinas y residencias allí ubicadas.
En esa zona está el exclusivo barrio Rosales, partecita del Lago, inicios del Chicó, oficinas de todos los bancos, está la Comisión Nacional de Televisión, Unicef, y la infaltable Porciúncula, la Iglesia que alberga los domingos a personajes de la farándula nacional y de la vida política como la Dra. Martha Lucía Ramírez.
Con esa descripción no es difícil intuír que mis compañeras de caminata del cuatro de febrero, fueran las que estuvieran gritando el estribillo que hoy me ocupa, y que se oyó en la marcha del 20 de Julio.
¿Quién viviendo en los Rosales viaja a Santa Marta y por tierra?. Esta pregunta la hago por que es uno de los elementos de respuesta, cuando se habla de Uribe. Todos los riquillos bogotanos coinciden en hablar de la seguridad democrática, de la seguridad de las carreteras, en fín, de la seguridad que Alvarito da en la Presidencia.
¿Quién de los vecinos de la calle 72, hace fila para pagar la Pila?
Y lo mejor de lo mejor, ¿quien de los que vive en Rosales o es vecino de la 72, gana salario mínimo? Por supuesto que de esta respuesta quedan exoneradas las fámulas, quienes por el solo hecho de laborar en ese sector reciben una "paga" cercana a los seiscientos mil pesos mensuales, salario mínimo manejado en ese estrato.
¿Quién con implantes hechos por Marlon Becerra (vecino del sector), tiene miedo de gritar en favor de Uribe. Justo en este instante se viene a mi memoria la vergüenza del expresidente Gaviria, -quien no acudió a donde Becerra-, y en una entrevista por televisión, le salió disparado el "espigo", ante la mirada insólita de los reporteros y las risas de los más osados.
¿Quién socio del Nogal, sabe de pobreza?
Esa franja, es la que responde las encuestas. Es la que da a Uribe como invencible. Es la que siente que el país con él está seguro. La que dice "sino es Uribe, quien más entonces". Es la franja que ignora a sus vecinos, los que habitan en el edificio llamado "El cielo", (por que ahí viven todos los Santos). Es la clase diez de Bogotá. La de los carros Audi, Mercedes Benz, camionetas 4X4, celulares de gama alta. Es esa pequeña población a quienes ahora los constructores le están haciendo las recámaras para el servicio, y salas de espera -aparte por supuesto- para los escoltas. Los que ven a Moreno Rojas como una amenaza, y todavía añoran la pérdida de Peñaloza. Esa clase que toma todavía el té o el café en el Centro Comercial Andino, al lado de las carteras originales de L. V., (la más económica es de cuatro millones de pesos); de los zapatos Mario Hernández (los más baraticos son de quinientos mil pesos) y de las joyas exclusivas Cartier (allí ví una vez un reloj de ciento cincuenta millones de pesos, y ví también a un comprador de la misma prenda)
Pero esa franja es muy pequeña, comparada con el común de la población. Con esas personas luchadoras por el diario vivir. Con esos profesionales destacados, pero que no pueden competir por su edad en los concursos de meritocracia y ganados por dedocracia. Esa gran masa que ve en sus hijos el bastón de la vejez. Esa gran población que no puede pagar ya la medicina prepagada, que tiene chaquetas de marca, que las está "ruñendo" la vejez, que se amarran el cabello en una cola para disimular que no han podido ir al estilista, que ya no van donde Javier Murillo, sino al salón más barato y acogiéndose al 30% de descuento de los miércoles VISA.
Esa gente somos más.
Otros habitantes del exclusivo sector son las palomas, las pizerrías, los vendedores de minutos, de paraguas, de revistas, en fín, allí se reúne la mágica bogotá:
La que marcha con el frío y la que se abriga con el calor de las chimeneas.
Invito a reflexionar sobre el disco del Combo de las Estrellas, exactamente la "Plegaria Vallenata", donde se le hace un reclamo directo a Dios, por no saber matemáticas:
A unos les dio mucho,
a otros muy pero muy poco.
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