"Dicen que el tiempo es el mejor remedio para olvidar". Reza así una canción de Juan Fernando Velasco.
No sé que tan cierto sea esa afirmación. Por que cuando se trata de Colombia, cuando se está fuera de ella la nostalgia invade a las personas y cuando el tiempo pasa, es mayor el deseo de regresar, de compartir, de sentir el calor de esta bendita tierra colombiana.
Eso percibo cuando hablo con mi gran amigo Sergio Ríos Durán, ausente de la patria.
El Doctor Ríos Durán, brillante profesional de la salud, no encajó en los intereses políticos de gobernantes anteriores que lo hicieron en pensar y finalmente en hacer un cambio de vida.
Ayer justamente, gracias a las comunicaciones, logramos encontrarnos en el msg y hablar de su regreso a Colombia. No sé si sea temporal o permanente. Pero lo que si sé es que le sentí el dejo de nostalgia. Le noté la carencia de afecto en esas lejanas tierras. La añoranza por la música colombiana, las tertulias en la Pola, los amigos de la infancia en San Gil, el olor del río Fonce (claro que con la ptar puesta) y el calor de la familia.
Sergio estaba triste.
Sergio cambió el trabajo por todo lo que implicaba su entorno. Su sacrificio es enorme. Los resultados se han visto.
Ánimo Sergio. El miércoles que estuve en San Gil ví lo mismo de siempre.
En la Alcaldía está aquel a quien creemos amigo. No sé si el cambio se dará en beneficio nuestro. No donde nos regalen, sino donde nos dejen volver.
En la Polita encontré a los mismos sentados. Cada uno esculcándose los bolsillos para pagar el tinto. Pero también cada uno hablando de grandes negocios.
En el parque ví a Belisarito Monroy vendiendo la lotería, a los vejetes (un poco mayor que nosotros) sentaditos recibiendo el sol.
Me paré en la puerta del café y a mi memoria se vinieron a mil por uno los recuerdos de la infancia: Las torres de la iglesia, las calles empinadas, la belleza de las mujeres sangileñas, mi profesora Ofelia León Castillo, la hermana Teresa Consuelo, las melcochas bailables con Jaime Durán Barrera, los discos de los terrícolas, Pastor López, las clases de baile de Elizabeth Zapata, los novios, las amigas, la fiesta de mis quince años, las tías Delia, Clema y Sara, mis abuelitos Aníbal y Eva, mi casa en la carrera décima, el Tribunal Superior de San Gil, donde mi madre trabajó. Recordé todo absolutamente todo.
Entiendo tu tristeza. Es la misma mía.
Después de ese mágico momento volví a la realidad. Saludé con afecto a quienes aún se acuerdan de mí. Encendí el carro y dejé atrás a San Gil con mis recuerdos.
Pero mi propósito lo sigo acariciando: A San Gil volvemos Sergio.
No sé que tan cierto sea esa afirmación. Por que cuando se trata de Colombia, cuando se está fuera de ella la nostalgia invade a las personas y cuando el tiempo pasa, es mayor el deseo de regresar, de compartir, de sentir el calor de esta bendita tierra colombiana.
Eso percibo cuando hablo con mi gran amigo Sergio Ríos Durán, ausente de la patria.
El Doctor Ríos Durán, brillante profesional de la salud, no encajó en los intereses políticos de gobernantes anteriores que lo hicieron en pensar y finalmente en hacer un cambio de vida.
Ayer justamente, gracias a las comunicaciones, logramos encontrarnos en el msg y hablar de su regreso a Colombia. No sé si sea temporal o permanente. Pero lo que si sé es que le sentí el dejo de nostalgia. Le noté la carencia de afecto en esas lejanas tierras. La añoranza por la música colombiana, las tertulias en la Pola, los amigos de la infancia en San Gil, el olor del río Fonce (claro que con la ptar puesta) y el calor de la familia.
Sergio estaba triste.
Sergio cambió el trabajo por todo lo que implicaba su entorno. Su sacrificio es enorme. Los resultados se han visto.
Ánimo Sergio. El miércoles que estuve en San Gil ví lo mismo de siempre.
En la Alcaldía está aquel a quien creemos amigo. No sé si el cambio se dará en beneficio nuestro. No donde nos regalen, sino donde nos dejen volver.
En la Polita encontré a los mismos sentados. Cada uno esculcándose los bolsillos para pagar el tinto. Pero también cada uno hablando de grandes negocios.
En el parque ví a Belisarito Monroy vendiendo la lotería, a los vejetes (un poco mayor que nosotros) sentaditos recibiendo el sol.
Me paré en la puerta del café y a mi memoria se vinieron a mil por uno los recuerdos de la infancia: Las torres de la iglesia, las calles empinadas, la belleza de las mujeres sangileñas, mi profesora Ofelia León Castillo, la hermana Teresa Consuelo, las melcochas bailables con Jaime Durán Barrera, los discos de los terrícolas, Pastor López, las clases de baile de Elizabeth Zapata, los novios, las amigas, la fiesta de mis quince años, las tías Delia, Clema y Sara, mis abuelitos Aníbal y Eva, mi casa en la carrera décima, el Tribunal Superior de San Gil, donde mi madre trabajó. Recordé todo absolutamente todo.
Entiendo tu tristeza. Es la misma mía.
Después de ese mágico momento volví a la realidad. Saludé con afecto a quienes aún se acuerdan de mí. Encendí el carro y dejé atrás a San Gil con mis recuerdos.
Pero mi propósito lo sigo acariciando: A San Gil volvemos Sergio.
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